domingo, 27 de julio de 2014

SogneFjord Día 03. Gudvangen - Fresvik (26 mayo 2014, 40 km)


Me despierto por el estruendo que provoca el viento al agitar la tienda y el toldo; son aproximadamente las 4 de la madrugada. Sopla con tanta energía que temo que pueda salir volando alguna de mis bolsas estancas, así que me levanto a comprobar que todo está en su sitio. En el exterior se puede ver perfectamente sin necesidad de frontal, y me tranquiliza observar mis cosas en orden, tienda y toldo bien amarrados y todas las pertenencias a salvo del viento dentro del kayak. 

Es mi primer contacto con los fuertes vientos que a veces se forman en estas zonas flanqueadas por montañas. A la caída de la tarde se va ocultando el sol y el aire próximo a las cumbres nevadas se enfría velozmente, gana densidad y desciende hacia el fondo del fiordo. Esto provoca unas ventoleras importantes, que en ocasiones se mantienen y acrecientan según avanza la noche. En general, estos vientos que van desde las cumbres hacia las llanuras se denominan catabáticos, palabra de origen griego que significa algo así como "hacia abajo".

Vuelvo a entrar en mi tienda pero con el ruido me cuesta volver a dormir, aunque al final lo consigo y despierto tarde. La mañana es espléndida, con el cielo totalmente despejado y una temperatura excelente.

Los barcos turísticos empiezan su actividad desde primera hora
Hasta Gudvangen, la localidad al fondo del Naeroyfjord, aún me quedan unos kilómetros. El paisaje hasta llegar a ella es majestuoso.







Gudvangen es una población pequeña, pero cuenta con una gasolinera y un supermercado. Aquí aprovecho para repostar agua, cerveza y pan. Al llegar también encuentro unos chavales ingleses que están estibando sus piraguas en la playa para salir de travesía. Mi inglés no es que sea una maravilla, pero llega para mantener una conversación bastante amena con ellos. Este encuentro me hace recordar que dentro de un par de días tengo acordado reunirme con dos kayakistas españoles. Nos pusimos en contacto hace unas semanas a través de un foro (www.kayakdemar.org) y acordamos nuestro punto de encuentro en Fronningen el 28 de mayo por la tarde, para hacer noche allí y continuar navegando en grupo cuatro días hasta llegar a Gaupne, donde cada uno tirará por su lado.


Doy un breve paseo por la pequeña ciudad para estirar las piernas y observar las enormes montañas que la rodean. En el propio pueblo no hay ningún atractivo especial, ni iglesias, ni cabañas o casas de madera vistosas. Lo único que llama mi atención son dos drakkar (los barcos vikingos que surcaron hace siglos estos fiordos) que se encuentran custodiando la entrada a un parque.


Como hace bastante calor, antes de reanudar la marcha me quito la ropa más abrigada, sustituyendo pantalón seco, chaqueta impermeable y botas, por bañador, camiseta y sandalias. Mucho más fresco ahora, recorro de vuelta el mismo camino que he hecho esta mañana.



Se va acercando la hora de comer así que al pasar la pequeña aldea de Bakkaviki voy buscando ya un lugar para detenerme.


En la orilla contraria recuerdo haber visto una playa de guijarros, con una retaguardia de verde pasto y una enorme cascada brotando de la montaña más al fondo.

Ya diviso el merendero
El lugar es perfecto para quedarse incluso varios días.




En principio solo voy a parar a comer, aunque ya en la sobremesa empiezo a valorar la idea de quedarme aquí a dormir y echar el resto de tarde recorriendo un sendero que discurre hacia el norte.



Sin zanjar el tema todavía, lo que hago después de comer es caminar para ver de cerca la espectacular cascada que preside el paisaje, y que se abre paso desde la montaña hasta derramarse, en forma de torrente, al fiordo.




Al regresar sopeso la situación para decidir el plan vespertino. Por un lado, el sitio es espectacular y perfecto para dormir, con el extra de poder realizar una bonita ruta a pie desde el campamento. Por otro, terminar la jornada aquí supondría un importante retraso en el plan trazado para llegar al punto de reunión en Fronningen dentro de dos días. En concreto me obligaría a realizar 30 kilómetros de más en las próximas dos jornadas, puesto que mi previsión era llegar esta noche a Fresvik. Al final opto por una tercera vía, seguir camino hacia Dyrdal. En esa zona observé, al pasar ayer, dos playas también fantásticas, y parando a dormir en alguna de ellas el retraso acumulado resultará menor, al haber avanzado unos kilómetros hacia la salida del Naeroyfjord. Esto me obligará a ampliar el recorrido de los próximos dos días, pero lo veo viable.

Como va a ser una ruta breve, de una hora máximo, decido seguir navegando con camiseta, bañador y chanclas. La luz se filtra entre las montañas dando un toque misterioso al paisaje.



Al poco de pasar el precioso punto donde acampé ayer, hago una curva que me conduce a divisar ya las playas que me deben acoger hoy.



Y aquí vuelve a asaltarme la duda. Miro el gps y me percato que apenas he avanzado unos 3 kilómetros desde el punto donde paré a comer. Son aproximadamente las siete y media, miro las playas y recapacito. Hasta Fresvik puede haber unos 25 kilómetros más, que en cuatro horas bien empleadas podría cubrir. De esa manera recuperaría el ritmo de ruta previsto de antemano y me aseguraría llegar a la cita en Fronningen dentro de dos días. Es una pena no poder quedarme aquí un día más, pero el plan inicial es éste y hay que cumplir con lo pactado.

La sombra se apodera del camino, y al fondo ya se divisa la salida al Aurlandsfjord. Las focas vuelven a asomar la cabeza, esta vez a muy poca distancia, lo que me hace parar en varias ocasiones para intentar captar una buena imagen, pero con el móvil me resulta imposible.



Después de una hora remando empiezan los problemas. Al meterse la sombra en el fiordo la temperatura baja súbitamente y empiezo a sentir frío, especialmente en los pies. Además se monta un fuerte viento de cara, que me frena e incrementa mi sensación de frío. De aquí a Fresvik creo que no hay ningún punto de desembarque, así que me hago a la idea de sufrir unas horas antes de cenar.

Antes de abandonar el Naeroyfjord contemplo una enorme cascada con un salto que rondará los cien metros.


Ya en el más ancho Aurlandsfjord pongo rumbo hacia el norte, buscando el brazo central del Sognefjord. El viento sopla aún más bravo contra mí, y sumado a él sufro una fuerte corriente en contra fruto de la marea, que ahora fluye hacia el interior de los fiordos desde el océano. Y como guinda al pastel empieza a hostigarme un inoportuno oleaje, que molesta más que nada por la falta de costumbre después de dos días de mar totalmente calmo.
Todo sumado me está haciendo pensar seriamente en dar media vuelta. Pero aprieto los dientes y continuo.

Aurlandsfjord es más ancho y menos espectacular que Naeroyfjord, pero tiene en su parte alta alguna cascada espectacular. El cielo teñido por el ocaso también impresiona, y además empiezo a ver algún delfín nadando a poca distancia de mí.



Lamentablemente no logro disfrutar ninguno de los regalos que se me ofrecen (montañas, cataratas, delfines, puesta de sol, etc). Llevo tres horas remando con mucho esfuerzo y avance lento, el frío me entumece desde los pies hasta la coronilla y la cosa solo puede ir a peor. La última hora y media se hace eterna. Hace cada vez más frío y viento, la corriente en contra me frena y mina mis fuerzas, y el oleaje también crece a medida que salgo al brazo principal del Sognefjord. Para colmo, sin ser noche cerrada, la luz ya resulta escasa, suficiente para estar en tierra y andar sin tropezarse, pero no la deseable para navegar pegado a la costa en agua extremadamente fría.

Tras pasar uno de los peores ratos que recuerdo montado en un kayak, finalmente llego a Fresvik pasadas las 12 de la noche. Desembarco en el primer punto apto a tal fin que encuentro. Como es una zona rocosa, me toca además meterme hasta la cintura en el agua helada para desembarcar. Cuando tengo el kayak varado, voy rápido a cambiarme de ropa. Estoy tiritando y sin fuerza. Me cuesta mucho entrar en calor, la tiritona me dura mientras ceno un bocadillo, y aún en la tienda acurrucado en mi saco no logro entrar en calor. Temo seguir así toda la noche y no conseguir dormirme, incluso barajo salir a preparar una hoguera que me caliente. Afortunadamente el sueño y el cansancio me vencen y la ropa que me he puesto, todas las capas que traigo conmigo, logra mantenerme a una temperatura aceptable.

Después de tres días aquí acabo de aprender una importante lección: aunque la navegación en estos fiordos no exige una pericia técnica grande, los peligros están ahí y no conviene infravalorarlos. La bajada repentina de la temperatura, el viento y la corriente por las mareas, pueden llegar a hacértelo pasar muy mal. Además con el agua a temperatura tan baja, el resto de factores se vuelven más peligrosos. En esta ocasión además de confiarme en exceso (contando con las horas extras de luz sin tener en cuenta el cansancio que se va acumulando), he cometido errores (navegando con ropa inadecuada para la bajada de temperatura al atardecer). El resultado ha sido solo un susto, pero debo extremar las precauciones si no quiero repetir el mal trago.

lunes, 7 de julio de 2014

SogneFjord Día 02, Aurland - Gudvangen (25 mayo 2014, 23 km)


La noche no está siendo demasiado plácida. No he montado la tienda ni el toldo, la temperatura es más baja de lo que esperaba y la humedad es notable. Además la oscuridad no termina de apagar el cielo, y a las 3 o 4 de la madrugada hay luz como si fuera de día. Paso bastante frío y no logro descansar demasiado bien, aunque sumando los ratos que me he quedado frito bien puedan sumar 6 horas. Sobre las 9 me levanto y me siento en un banco a desayunar. Tras las montañas empieza a despuntar el primer sol de la mañana, que logra hacerme entrar en calor poco a poco. He dormido al lado de una casa habitada, el banco con la mesa donde estoy desayunando deben ser de hecho parte de su jardín, así que procuro recoger todo a la mayor brevedad posible para no molestar.


Ya en el kayak tomo rumbo hacia Undredal, una pequeña y pintoresca localidad en la orilla occidental del Aurlandsfjorden. 

Dejo a mi derecha Aurland
 Las aguas del fiordo son totalmente plácidas y al navegar pegado a la orilla disfruto admirando de cerca las cascadas que vierten al mar.



Undredal es una pequeña joya enclavada en la desembocadura de un estrecho valle que se abre paso entre imponentes montañas. Todas las casas son de madera, están bien cuidadas y pintadas en colores vivos, lo que acentúa la vistosidad del paisaje. 



La gente de aquí puede deleitarse a diario con una magnífica panorámica del fiordo.


Su río baja bravo por el valle hasta el fiordo, crecido de caudal por el deshielo primaveral.


El pueblo cuenta además con una pequeña iglesia de madera que data del siglo XII. 

Iglesia de Undredal
Después de esta breve pero interesante visita sigo mi camino hacia la entrada del espectacular Naeroyfjord. 


Antes de desviarme a la izquierda para adentrarme en él, doy media vuelta para admirar una última vez la majestuosidad del Aurlandsfjord.


El Naeroyfjord fue declarado patrimonio de la humanidad de la UNESCO en 2005. De entre el gran número de fiordos que existen en la costa occidental noruega, seguramente se trate de una de las muestras más dramáticas y sublimes. Aquí las montañas se elevan a mayor altura, coronadas de nieve todo el año, el curso de agua se estrecha y los torrentes y cascadas siguen brotando en cada rincón.

 

Los pequeños cruceros turísticos no dejan de pasar en ruta entre Flam, Aurland, Undredal y Gudvangen, ésta última situada al fondo del fiordo Naeroy. Cada día transportan cientos de visitantes para que disfruten de estos impresionantes paisajes.


 Al poco de entrar en el fiordo noto viento de popa, no muy fuerte pero aparentemente constante, así que despliego mi vela con la ilusión de probarla en este kayak por primera vez.

Vela Windpaddle modelo Cruiser
Pero la maldición del kayakista se cierne sobre mí; a los dos minutos rola el poco viento que está soplando y empieza a entrarme de cara. Toca pues recoger la vela, pero el panorama que me rodea compensa cualquier esfuerzo extra.


Al rato de guardar la vela me sorprende ver, a cierta distancia, una mancha oscura en la superficie que entra y sale del agua. Las primeras veces que la veo emerger pienso que es un  pedazo de madera flotando, pero al acercarme un poco la mancha indefinida empieza a parecerme una cabeza, y juraría también que con hocico y bigotes. Me acerco aún más y vuelvo a ver al bulto asomarse. Ahora ya no me cabe duda, se trata de una foca. Aunque sea un animal que hemos visto todos en acuarios y zoológicos, avistarlo en libertad, con este escenario de fondo, aunque sea a cierta distancia y de manera fugaz, resulta bastante emocionante. Lástima que mi cámara compacta es la del móvil y no sea capaz de sacar fotos decentes con zoom, así que espero tener suerte más adelante con otro avistamiento, más de cerca y que el animal en cuestión tenga ganas de posar.

Continúo la marcha tras el encuentro con la foca, ya con apetito, buscando algún lugar donde parar a comer. Lo encuentro en la margen derecha del fiordo, en la que se encuentra la pequeña localidad de Dyrdal.

En el fondo se puede ver Dyrdal, justo a los pies de la gran montaña.
Justo pasada la desembocadura de un río encuentro un par de rampas, hechas con piedras y troncos, cómodas para desembarcar. Junto a la segunda hay también un pantalán y una caseta en la orilla que arroja una sombra perfecta para sentarse a comer, así que me decanto por ella. El marco invita a hacer una parada larga.


Decido preparar una comida caliente y abundante, que acompaño de cerveza helada. La verdad que resulta un maravilloso regalo poder enfriar tu cerveza poniéndola sólo unos minutos dentro el agua glacial del fiordo.


La sobremesa se alarga bastante; sentado al sol se está realmente bien, y la comodidad de mi nueva silla de camping hace el resto.

Sobre las seis reanudo la actividad. Desde Dyrdal he divisado un par de lugares muy tentadores para acampar. El fiordo se estrecha ahora aún más, y enfrente mío se encuentra otra preciosa aldea, Styvi. Las posibles zonas de acampada son dos playas de guijarros: una está poco antes de llegar a Styvi, plenamente bañada todavía por el sol; la otra en la orilla contraria al pueblo, más amplia y orientada a levante, se encuentra ahora en completa sombra. Según me voy acercando observo que ambos lugares ya están tomados por sendos grupos de kayakistas, seguramente grupos guiados, a juzgar por la uniformidad de los modelos de kayak varados en la orilla y las tiendas que tienen montadas.


Los dos emplazamientos son perfectos para pasar la noche, seguramente lo más parecido a "nuestras playas" que he visto desde que salí ayer de Flam, y me tienta parar en alguno de ellos. Por otro lado, aún es pronto y puedo avanzar más; ¿quién sabe si a lo mejor quedan otros lugares iguales o mejores más adelante? Además no pretendo importunar a nadie con mi presencia, y en principio yo también prefiero acampar en solitario. Por lo tanto, decido continuar.


Y la suerte resulta estar de mi lado. Algo más lejos encuentro otra playa de guijarros, que continúa hacia el interior en un prado verde y mullido, con una cabaña de madera en el medio.


Cabaña en Klungrenes
Subo el kayak hasta el pasto y voy sacando el equipo para montar el campamento. Aunque el sol ya se ha ocultado tras la montaña la temperatura es buena, así que decido darme un chapuzón que me deja como nuevo.


Después de secarme y ponerme ropa de más abrigo, instalo la tienda en una zona alta y nivelada. Noto que el viento empieza a soplar fuerte y bastante frío, haciendo que la sensación térmica sea de mucho más fresco.



Cumplo con la cena dando buena cuenta de un bocata de jamón, tomate y aceite, y de postre un poco de chocolate. 


Sobre las once decido meterme dentro de la tienda. Empieza a entrarme sueño entre lectura y visionado del material de vídeo y fotos que he tomado durante el día. El viento va en aumento y amenaza la estabilidad de mi toldo, así que toca salir del saco a ajustarlo. Tras controlar también que no he dejado nada que pueda ser arrastrado por el fuerte aire, vuelvo a entrar en la tienda y me dispongo a dormir.

martes, 24 de junio de 2014

SogneFjord Día 01, Oslo - Flam - Aurland (23-24 mayo 2014, 8,5 km)


Ya de regreso de tierras escandinavas voy a empezar a desgranar lo que ha sido mi experiencia en estos días de viaje, periplo duro en ocasiones pero con balance absolutamente positivo. Sobre la marcha, y por circunstancias que se fueron dando, introduje alguna pequeña variación sobre la ruta prevista. El resultado han sido 350 kilómetros de travesía en kayak, desarrollados en 12 etapas, y otros 55 a pie y barca hinchable distribuidos en 2 jornadas. Lo cual hace un total de 405 km de travesía cubiertos en 14 jornadas. El resto de días, hasta completar los 18 de viaje, los empleé en desplazarme de Oslo a Flam al inicio y a la inversa para la vuelta, visitar el glaciar de Nigardsbreen y también recorrer la capital antes de partir de vuelta hacia Madrid.


El inicio del viaje me resulta algo más complicado de lo esperado por el gran peso que transporto conmigo y por una anécdota que acontece en el aeropuerto. Antes de venir al aeropuerto he tenido que hacer malabarismos para empacar en el mínimo espacio y peso todas mis cosas, pero aún así sobrepaso el límite de peso permitido. Vuelo con Ryanair y como equipaje facturado he contratado el máximo posible, 2 maletas de 20 y 15 kilos respectivamente, más la pieza de equipaje de mano de 10 kilos. El peso de mis 2 maletas facturadas supera en unos 7 el límite, abono 50 euros de penalización por ello, pero me quito un peso de encima y nunca mejor dicho, ya que en total me estoy desplazando con 52 kilos de equipo y comida.

Durante la facturación del equipaje surge el imprevisto que anima sin yo quererlo este comienzo del viaje. Estoy en la cola para facturar cuando se acerca una mujer y pregunta si alguien vuela a Oslo. Sólo estamos dos personas haciendo fila, y la otra es guiri de no entender ni papa de español, así que soy yo el único que contesta. Le digo que sí vuelo a Oslo y ella me explica algo atropelladamente que en el control de seguridad le han sacado un souvenir del equipaje de mano, una espadita tipo abrecartas recuerdo de Toledo, que al considerarse un arma punzante no puede llevar en el avión y por lo tanto iba a serle retirada. Me pide el favor de facturarla dentro de mi equipaje, dice que es un recuerdo que lleva para su hija y que tiene que darse prisa porque debe volver al control de seguridad. Empatizo con la situación ya que hace unos años por un despiste metí un par de navajas de pescador con cierto valor sentimental en el equipaje de mano en lugar de en la maleta facturada, y me las quitaron al pasar por el control de seguridad. Además la mujer saca la espadita del pequeño sobre en el que va empaquetada para que yo vea de qué se trata. Tras dudar unos segundos cojo la espada, la guardo en su sobre y la meto en un bolsillo de la mochila. 

Aunque meter objetos de otra persona en tu maleta es algo que todos hemos escuchado unas mil veces que no debe hacerse, yo lo acabo de hacer sin darle de entrada mucha importancia al asunto. La historia y el objeto me han parecido inofensivos e inocentes, así que estoy tranquilo. Pero mi tranquilidad se empieza a tornar en preocupación cuando al entrar a la zona de embarque y llegar a la puerta asignada a nuestro vuelo, no veo por ningún lado a la mujer. Seguramente estará tomando algo o viendo tiendas, pienso para calmar mi mente. Pero pasa el tiempo y sigo sin verla, así que empiezo a darle vueltas al asunto. ¿Habrá algún detalle que se me ha escapado? ¿Quizá el sobre llevaba algo raro dentro? ¿Por haber querido ayudar a esa persona me estaré metiendo en un lío que me arruine la expedición? Las preguntas se van agolpando en mi cabeza y me estoy empezando a poner nervioso. Falta poco para que llegue la hora de embarcar, me acerco al mostrador y le cuento lo sucedido a la chica de la compañía que allí se encuentra. Me contesta que no tendría que haberlo hecho, obviamente, pero que esté tranquilo que seguramente no suceda nada malo. Toma nota de mi nombre para verificar si mis dos maletas han pasado todos los controles y están ya en el avión. Ya estamos embarcando y aún no veo a la mujer del souvenir y la chica aún no ha recibido el aviso del ok a mis maletas. Paso cinco minutos de incertidumbre mientras espero junto al mostrador y veo que la gente va entrando para embarcar en el avión. En la fila veo de repente un rostro familiar, es la mujer que por fin aparece. Me acerco a hablar con ella, dice que estaba en la cafetería y por eso no la he visto. Le explico la situación y le pido que se quede conmigo hasta que me confirmen que mi equipaje está embarcado. Ella acepta, lo cual me tranquiliza y empezamos a charlar. Es colombiana, esposa de un funcionario de su embajada en Oslo, y a tenor de sus explicaciones todo parece un malentendido. Finalmente la chica que está embarcando el vuelo recibe un llamada y tras colgar me dice que mi equipaje está en bodega y no hay ningún problema. Le doy las gracias y entro ya a la pasarela para acceder al avión. En el futuro no se si volveré a hacer más favores de este tipo, porque la situación me ha generado más quebraderos de cabeza de los que deseaba para este inicio de viaje.

El vuelo llega a Oslo Rygge a las 23:30, y desde el aeropuerto tomaré el bus que me debe desplazar a la estación central de autobuses, donde pongo el pie en torno a la 1. Me despido de la mujer colombiana, a la que ya he devuelto su recuerdo de Toledo. El plan ahora es sacar el carro para poder transportar en él mi kayak, echarme la mochila grande a la espalda y la pequeña al torso, y dirigirme con mi carga a la cercana estación de tren. En la estación de tren debo pasar unas horas, hasta las 6:30 que parte un tren hacia Myrdal. Estoy preparando mis bultos cuando al colocar y amarrar la mochila del kayak en el carro y probar a llevarlo un momento, para comprobar si está bien asentada la carga, al carro se le sale un tubo de su posición. Feo contratiempo, pues si el carro se rompe estoy vendido de cara a poder transportar mi equipaje.

Por fortuna aparece por allí un curioso personaje aborigen que, con signos evidentes de estar bajo los efectos de sustancias psicoactivas seguramente alucinógenas, insiste en echarme una mano. El mozo viene en bici, pero no me explico como, en su estado de "felicidad", es capaz de montar en ella sin caerse. Intenta enfocarme mientras hablamos, por como me mira parece como si observara dragones saliendo de mis orejas o alguna paranoia similar y no diera crédito a sus ojos. El caso es que con su ayuda logro arreglar el carro, cargo todo y él mismo me acompaña a la estación de tren. Ésta resulta estar cerrada, son ya más de las 2 y por lo visto la estación queda cerrada entre esta hora y las 5 de la mañana. Decidimos quedarnos a esperar sentados en unas sillas de una terraza de bar aledaña a la estación. Al poco de sentarnos la conversación empieza a escasear y nos quedamos ambos dormidos. Al abrir un poco el ojillo miro la hora, son las 4 y ya hay claridad casi como si fuera de día. En la calle hay gente aunque no mucha, y de vez en cuando pasa algún coche, pero el sueño vuelve a vencerme. Una hora más tarde me despierta el colega noruego, está montado en su bici. Dice que se ha asomado a la estación y que ya está abierta. Pasamos al interior de la misma y me instalo con mis cosas en un banco del vestíbulo principal, mi tren ya aparece en el panel de salidas anunciado. Mi compañero comenta que tiene que ir a la tienda de informática a por una pieza de repuesto para su portátil y desaparece con su bici, una despedida algo surrealista pues son las 5 y poco de la mañana; vaya horarios más extraños tiene las tiendas de informática. Le doy las gracias y nos separamos, me quedo sentado en el banco y no tardo en volver a dormirme. Al poco noto que me dan un pequeño golpe en la pierna, es un guardia de seguridad que me dice que tengo que despertar. No me viene mal el toque de atención pues se aproxima la hora de salida de mi tren. Me acerco al andén donde está ya estacionado y subo con mi equipaje, tomo asiento y espero la salida. El tren es cómodo, y voy a tener unas cuantas horas para poder dormir y recuperar el sueño atrasado.

Al despertar miro el reloj, son las 11. He dormido unas 4 horas bastante profundamente. Hasta Myrdal queda una hora y media más, allí tengo que tomar el Flamsbana, el tren de Flam, que hace los 20 kilómetros de trayecto entre ambas poblaciones en una hora aproximadamente. Es un tren muy turístico por la espectacularidad de las vistas de su recorrido y lleva dando servicio desde 1940.

El último tramo del camino hasta Myrdal permanezco despierto y disfruto del paisaje nevado.




Al llegar a Finse el tren realiza una parada de unos minutos. Se puede bajar a estirar las piernas y admirar la vista desde la estación.


La nieve no escasea precisamente y se puede ver gente practicando esquí con vela.


En Myrdal realizo el transbordo y ya en el recorrido del Flamsbana empiezo a atisbar lo que me espera, espectaculares montañas de un profundo verde y surcadas por incontables torrentes de agua.



Al llegar a Flam tomo la foto de bienvenida y me aproximo a la orilla del fiordo.


Dejo mis cosas en algo parecido a una playa y voy a comprar aquellos víveres que no he querido transportar conmigo en el equipaje por su peso y volumen: agua, cerveza, zumo, galletas y pan principalmente. Desde Madrid he traído conmigo pasta, arroz, fideos chinos y embutido en cantidad suficiente para casi todo el viaje. El agua de deshielo que corre por cascadas y regueros hasta regar el fiordo allá donde miras debe ser potable, pero prefiero comprar también agua embotellada para alternar una y otra. 


 El montaje del kayak lo hago con ganas, casi con ansia, deseando entrar ya al agua. 



En algo más de hora y media el kayak ya está montado, estibado y con decoración especial para la ocasión.


Son alrededor de las cinco y empiezo ya mi andadura. Noruega en esta época del año ofrece una importante ventaja para las actividades al aire libre, me refiero a las horas de luz. El Sognefjord está en la mitad sur del país, pero aún así apenas llega a oscurecer aquí mas de 2 o 3 horas al día, y no de forma completa. Esto permite programar tus rutas contando con un amplio margen de maniobra.

En los primeros compases tengo que parar y dar la vuelta sobre mí mismo a cada poco, y es que la vista de Flam y del final montañoso del Sognefjord en esta zona es espectacular.




Tampoco lo que se observa hacia delante desmerece ni mucho menos. 


Un tema que tengo muy presente para el día de hoy es la final de Champions, no me la quiero perder de ninguna manera. En principio el plan es remar hasta llegar a Undredal y buscar un lugar allí para ver el partido. Pero antes de salir de España solicité información por mail sobre dónde se podría ver el fútbol en la zona y no obtuve respuesta por ningún lado. Como Undredal es una población muy pequeña, y corro el serio riesgo de quedarme allí sin opicón de ver el partido, cambio de plan y en lugar de dirigirme hacia allí decido quedarme en Aurland, que está en la margen derecha del derecha a unos 8 kilómetros de Flam y es una población media con un par de hoteles.


Desembarco a las afueras del pueblo, en una zona donde creo que podré pasar la noche después del partido. Son ya las 19 así que meriendo, me pongo ropa de seco y voy a investigar. Me acerco a un grupo de gente que se reúne en una explanada muy cerca de donde he desembarcado para preguntar por algún bar. Según me aproximo advierto que están todos mirando al cielo, giro la cabeza y veo que va a tomar tierra un paracaidista. No muy lejos de él hay otro hombre pájaro volando en círculos sobre la zona de aterrizaje. Un vistazo más atento al cielo y me doy cuenta de que hay un nutrido grupo de gente haciendo parapente. Hablo con uno de los que están en tierra, que me dice que vive en la zona y que hay una competición ese fin de semana. Del tema fútbol me comenta que bares no hay allí, pero sí un par de hoteles. Me indica que uno de ellos seguramente tenga tv satélite, y allí me dirijo. 

Al llegar no veo que el hotel tenga un bar como tal, sino una pequeña barra junto al mostrador de recepción. La tele está encendida pero no tiene sintonizado el fútbol y son ya las 20:30. Pregunto al recepcionista que no parece precisamente un tipo muy futbolero. Dice que allí no dan el partido en tv, y que cree que en Aurland no hay ningún sitio donde verlo. Para un español es difícil de entender un pueblo con más de mil habitantes sin bares donde poder ver un partido mientras tomas una cerveza. Pero en ese momento aprendo una lección importante, Noruega dista mucho de ser España en ese sentido. Temiendo lo peor pregunto si al menos tienen wifi, y si puedo conectarme. Me contesta que sí, así que pido una cerveza, me conecto a la red y busco un enlace para ver el partido por internet desde el móvil. Alcanzo a sintonizarlo bien justo antes del comienzo, parece que la suerte me sonríe y voy a poder ver la final. Incluso un paisano de la zona, que llega con intención también de ver el fútbol, termina sentándose conmigo para verlo en la pantalla de mi móvil. Por desgracia a la media hora se corta la emisión y por más que lo intento no logro conectar ningún otro enlace, incluso el paisano me abandona después de un rato tras cortarse la señal. Así que me toca sufrir hasta el final sin poder verlo, recibiendo las noticias por mensajes de wassap y bebiendo cervezas sin parar para mitigar los nervios. El sufrimiento al final merece la pena, la ansiada Décima adorna ya las vitrinas del RMCF. 

Tras el partido regreso al lugar donde dejé el kayak, cansado y bastante borracho. Son poco más de las 12 y empieza a oscurecer. No tengo ganas de montar la tienda así que extiendo la lona, hincho la colchoneta, me meto en el saco y me dispongo a dormir en estado de felicidad total.